¿Algunos se preguntarán que sentido tiene desafiar un concepto mantenido y aceptado universalmente en el mundo cristiano por casi 1.600 años? La respuesta parece ser evidente al analizar los hechos referentes al tema. Se ha dicho que la Trinidad, o más exactamente, la Mística Santísima Trinidad no aparece en el texto bíblico. A pesar de ser cierto, aun es posible argumentar que el concepto de la Trinidad se haya en las Escrituras. Hay elementos verídicos en esta declaración los cuales trataré de explicar más adelante. Sin embargo, realmente para comprender ahora el significado que encierra el término de la Santísima Trinidad debemos investigar la obra de Agustín de Hipona, la cual data del siglo cincuenta D.C.
San Agustín de Hipona, probablemente más que cualquier otro autor, es el responsable principal de la aceptación de la doctrina de la Santísima Trinidad. Incluiremos aquí la declaración hecha por el propio Agustín sobre el tema. Esto es lo que él dice:
"... que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de una misma e idéntica substancia, insinúan, en inseparable igualdad, la unicidad divina, y, en consecuencia, no son tres dioses, sino un solo Dios. Y aunque el Padre engendró un Hijo, el Hijo no es el Padre; y aunque el Hijo es engendrado por el Padre, el Padre no es el Hijo; y el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu del Padre y del Hijo, al Padre y al Hijo coigual y perteneciente a la unidad trina" (San Agustín, Sobre la Trinidad, Libro I, capítulo IV).
La declaración anterior constituye uno de los escritos más confusos, turbios e inimaginables. No podemos saber con certeza qué transitaba por la mente de Agustín cuando propuso su argumento. Sí sabemos, no obstante, que desde entonces la formulación doctrinal hecha por Agustín sobre la Mística Santísima Trinidad se ha convertido en la visión general aceptada por toda la Cristiandad.
Las bases de su visión lograron paulatinamente su desarrollo durante la era post-bíblica del segundo, tercero, cuarto y quinto siglo D.C. Para el año 325 D.C., en un esfuerzo por combatir la amenazante influencia no-escritural de Arius en la religión Cristiana, el Concilio de Nicea incorpora la doctrina de la consustancialidad del Padre y el Hijo. Poco después, en el Segundo Concilio General de la Iglesia llevado a cabo en el año 381 D.C. en Constantinopla, se logra introducir el concepto de igualdad y consubstancialidad del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo, estableciendo de esta manera el piso sólido que sustentaría las doctrinas de Agustín.
El problema simplemente consiste en que las decisiones tomadas en el primer y segundo Concilio de la Iglesia, a pesar de que su intención probablemente era combatir la herejía existente en la época, en nada se corresponden a una posición bíblica. En la Escritura la declaración más definitoria y fundamental sobre el Nombre de Dios la podemos encontrar en el libro de Éxodo 3:14. Dios declara Su Nombre a Moisés su siervo:
"Y dijo Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel: "YO SOY me ha enviado a vosotros." Éxodo 3:14
En el idioma original hebreo el verbo traducido como "Yo Soy" se encuentra conjugado en tiempo futuro debiendo traducirse correctamente como "Yo Seré". La mayoría de las Biblias cristianas mantienen erróneamente la primera traducción y son escasas las versiones que someten notas explicativas de pie de página a los lectores. Sin embargo no hay duda sobre el tiempo del verbo y su correcta traducción.
La importancia que conlleva la traducción del más fundamental nombre de Dios, es extraordinaria en verdad. Si declaramos que el nombre de Dios es "Yo Soy El Que Soy", podemos decir que El es eterno y que existe en sí mismo. Si afirmamos que Su nombre es "Yo Seré El Que Seré", entonces debemos decir también que El es indefinible. Podemos concluir por lo tanto, que basados en la magnífica declaración sobre Su santo nombre, de ninguna manera debemos definir a Dios. Contrariamente, esto fue lo que los eruditos del segundo al quinto siglo hicieron al tratar de definir, más allá de la revelación bíblica, a Dios en la llamada Santísima Trinidad.
¿Acaso los apóstoles no hablaron sobre la Mística Santísima Trinidad? En realidad los escritores del nuevo testamento hablaron de la revelación divina experimentada por ellos. Es obvio que los apóstoles conocían al Padre y se referían a El como el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (Hechos 3:13). Los apóstoles fueron capacitados directamente por Jesús siendo testigos además de Su resurrección. Le conocían como el Hijo, el unigénito del Padre. También los apóstoles recibieron el Espíritu Santo el día de Shavuot (Pentecostés) habiendo caminado bajo Su unción. Los apóstoles escribieron ampliamente sobre la experiencia que tuvieron directamente con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, pero teniendo especial cuidado de no definir la relación existente en la divinidad. No era la intención de los apóstoles definir a Dios porque ellos conocían perfectamente el nombre de Dios "Yo Seré El Que Seré".
Para concluir debemos decir que aunque es cierto que en la era del Nuevo Testamento experimentamos a Dios en términos de Padre, Hijo y Espíritu Santo, no podemos afirmar, como erróneamente hicieron los eruditos y estudiosos de los primeros siglos, que esta verdad sea la definición de Dios.
Exhortamos al lector a analizar cuidadosamente el tema. No debemos coincidir con quienes no han estudiado el tema de la Santísima Trinidad, o con quienes simplemente no han nacido de nuevo, en otras palabras, personas ausentes de toda capacidad de discernimiento de las cosas del Espíritu y por lo tanto poseedores de conclusiones filosóficas espiritualmente incorrectas.
[ Publicado: Mayo 2001 ]