La confusión reside en la pobre concepción que se tiene de lo que Dios está realizando. Según la perspectiva cristiana, Dios salva personas antes de ejecutar Su destrucción total sobre el planeta. Este concepto tiene su origen en la primera iglesia al ser influenciada por la cultura griega y, por ende, fundamentalmente se encuentra fundamentada en el individuo, aunque nunca en Dios. A Dios se le ve accionando en función a Su preocupación y amor que tiene por el hombre. En cierto que la Biblia nos revela a un Dios amante de la humanidad, pero utilizar esta perspectiva para entender Su accionar es totalmente inadecuada e impide describir el amplio panorama que involucra y encierra la actividad divina.
Las Escrituras nos revelan un cuadro más completo e integral de Dios. En la Biblia a Dios se le ve activamente restableciendo Su autoridad en el mundo. A este proceso se le llama comúnmente redención Este enfoque mucho más amplio de las actividades de Dios nos muestra el problema básico de rebelión existente en el hombre, el cual condujo a su caída (Génesis 3) instituyéndole erróneamente como elemento principal de autoridad sobre la tierra. El hombre comiendo del "Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal" como lo relata la Biblia. El proceso de redención entonces, es el mecanismo por el cual Dios conduce al hombre de vuelta a una correcta, apropiada y vital relación con El, pero siempre bajo la autoridad y soberanía de Dios.
Durante el desarrollo del proceso redentivo, Dios establece pactos con individuos y grupos. Bajo la terminología legal moderna, un pacto es un convenio o contrato, o más claramente un acuerdo ejecutado entre dos o más partes a objeto de definir un objetivo y condición de relación entre ellos. Un pacto bíblico consiste en lo mismo. En la Escritura, podemos distinguir tres pactos efectuados por Dios como parte de su plan de redención. El primer pacto fue con Abraham, el segundo pacto fue hecho con Moisés y el tercer pacto fue sellado con Ben-David (el Hijo de David). En cada uno de ellos, Dios específicamente selecciona la contraparte que participará junto a El dentro del convenio. Dios inicialmente se revela a la persona 'escogida' especificando los términos y condiciones del pacto a realizar y la contraparte acepta o no el pacto o convenio propuesto por Dios.
A las contrapartes o socios del convenio con Dios se les denomina elegidos. Ser elegido significa sencillamente que una persona o grupo ha sido seleccionado específicamente por Dios para entrar en una relación de pacto con El. Dios escoge a los que se convertirán en sus socios de pacto, en consecuencia, podemos decir que la persona o grupo elegido nunca podrá auto-designarse, sino que siempre será consecuencia de la decisión tomada por Dios. La conclusión natural a la que se llega bajo la óptica o argumento humanista, al ver el método de elección aplicado por Dios, es que el sistema resulta muy poco o en nada "justo" Pero entendamos que Dios ejercita su soberanía en cada elección que hace. Igualmente, debemos concluir que no todos los seres humanos son elegidos como socios de convenio con Dios.
La mayoría de las personas piensa intuitivamente que Dios es un ser "justo." En virtud a esto, muchos se muestran incómodos con el concepto de elección empleado por Dios. Es por esto que a menudo se intenta hacer coincidir o relacionar el concepto de elección con el concepto de salvación (salvado de la muerte o separación eterna de Dios). Por ello, a los efectos de hacer "justicia," se desarrolló una doctrina que defiende que la elección de Dios ahora es netamente universal, es decir, que todos y cada uno de nosotros somos elegidos por Dios. Pero, es un hecho innegable que la elección no está vinculada ni tiene nada que ver con el concepto de salvación. En primer término, Dios elige solo algunos como vasos o instrumentos de realización de Su propósito de establecer una única y exclusiva autoridad universal. Los elegidos gozan de la valiosísima oportunidad de convertirse en "compañeros de la obra" de Dios, pero lo anterior no garantiza salvación personal. Los no-elegidos en los pactos, tienen no obstante la opción de salvarse. De hecho, Pedro claramente proclama que Dios es muy paciente: " ... no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento." (2 Pedro 3:9). Pablo por su parte también nos dice: "el cual (DIOS) quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad." (1 Timoteo 2:4).
Luego, se concluye que elección y salvación no se relacionan. Un individuo puede ser elegido por Dios y no salvarse, Por otro lado, una persona puede salvarse sin nunca haber sido elegida específicamente por Dios.
La Biblia sostiene claramente que cada ser humano es responsable ante Dios por la ejecución de sus propios actos, y que todos sin excepción enfrentaremos el juicio personal con nuestro Dios Creador. El autor del libro de Hebreos expresamente lo dice: "Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio" (Hebreos 9:27). El entregarle cuentas a Dios por todo lo hecho en la vida resulta por lo demás una posición molesta y muy incómoda para muchos. De allí que líderes y congregaciones religiosas desarrollaran conocidas falsas doctrinas tendientes a eximir al creyente de esta responsabilidad. Estas doctrinas son de clara aceptación popular, pero en el fondo no posen base Escritural ninguna. Con la evolución de las primeras doctrinas cristianas, los llamados Padres de la Iglesia, a partir del segundo siglo, lograron incorporar en forma paralela al texto bíblico el conocimiento y pensamiento filosófico de los griegos. Como resultado, el accionar de Dios empezó a verse siempre girando en torno a los beneficios del hombre y nunca a Dios. Muy pronto se definiría a la Iglesia como arca de salvación cristiana: si se está dentro del arca la persona se salva; pero estando fuera del arca se condena. Las palabras de Jesús registradas en el evangelio de Juan: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí." (Juan 14:6) además de otras, fueron usadas hábilmente para justificar la posición de los Padres de la Iglesia.
Pero la realidad es que el juicio personal continúa en mano de Dios. Solo El juzgará. Hombre o mujer, somos directamente responsables de nuestro accionar ante Dios. Tanto Jesús, el apóstol Pablo como Juan coinciden que la base del juicio final será la obra o acción realizada en esta vida. Aquel en que se halle justicia, según lo juzgue Dios, será aceptado; aquel injusto o inicuo, según lo juzgue igualmente Dios, será rechazado. Abordar un arca para salvarse no tiene nada que ver con el juicio final que Dios nos tiene predestinado.
Dios escogió una nación y esa nación elegida se llama Israel. Su pacto con Israel es tan válido hoy como lo fue hace 3.500 años en el Monte Sinaí. La nación de Israel se encuentra a la vanguardia de la lucha por la redención divina. ¿Qué significa esto en relación con un judío si hoy falleciera y abandonara este mundo? Pues, simplemente, que ese individuo se presentará delante de Dios a dar explicación de lo hecho, bueno y malo, en su vida. Dios en Su soberanía juzgará y decidirá si acepta o a ese individuo o lo rechaza. Pero lo mismo sucede, aplica y es cierto, para aquellos que profesamos y creemos en el Mesías Jesús. Inclusive, lo mismo sucede, aplica y es cierto para todo aquel que nunca respondió al "evangelio". Dios nos juzgará a todos. Dios mantiene su soberanía en el juicio personal.