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| ¿Repatriarse como Judío Sefardí a Israel?
Muchos nos escriben solicitando información sobre sus raíces hebreas. Es ocasión propicia para formular algunas reflexiones sobre un tema importante y ansiado. He podido recoger impresiones y expresiones de la gente sobre el tema. En realidad, producto de los años de dispersión y alta asimilación es muy difícil, por no decir imposible, determinar la procedencia o descendencia exacta de cada tribu israelí.
Primero vino la dispersión del Reinado del Norte en manos del imperio Asirio en el 722 AEC. Pero muchos estudiosos afirman que es a partir del año 586 AEC cuando comienza la verdadera dispersión del pueblo judío al destruir Babilonia la ciudad de Jerusalén. Luego, vinieron los persas y vencieron a los babilonios. El imperio de Grecia sucedería al de los Persas y posteriormente los Romanos y los Partos triunfaron sobre los griegos. Después en los años 70 y 135 EC., el remanente del pueblo judío aun en Israel es obligado nuevamente a salir de su patria. En los países de Europa el pueblo judío experimenta casi 400 años de desarrollo y prosperidad hasta que las naciones cristianas europeas comienzan a expulsar a los judíos. Los judíos prosperaban y los reinados europeos sometidos a la Iglesia Católica se llenaban de envidia y antisemitismo hasta que finalmente vino el decreto de expropiación y expulsión de las tierras propiedad de los judíos. Así ocurre en Inglaterra en el año 1290 EC, en Francia en 1306 y en España en el año 1492.
Sobre las tribus dispersas, se puede entender por el relato aparecido en el evangelio de Lucas 2:36 que hubo algunos descendientes miembros de las tribus, específicamente la tribu de Aser, viviendo asimilados dentro de Judá para el momento del nacimiento de Jesús. Por su parte el apóstol Pablo enfatiza que pertenece a la tribu de Benjamín, la cual desde un principio fue asimilada dentro de Efraín. Es razonable intuir que desde la dispersión de Asiría (2728 años), parte importante de las llamadas tribus perdidas se mezclaron entre si, siendo parte integral de lo que hoy se conoce como nación de Israel o pueblo judío. El término “judío” es relativo a la predominante tribu de Judá y el nombre ha prevalecido en forma genérica a través de los siglos en el plan divino de Dios.
Es un grave error pretender vincularse con una supuesta tribu a objeto de retomar o reclamar alguna posición hereditaria dentro de la Tierra de Israel. Lamentablemente, algunas teologías cristianas pretenden hacer esto creando confusión. Una de las teorías pretende identificar y asociar el remanente de creyentes cristianos con las tribus perdidas del Reino del Norte dispersadas por el imperio Asirio. La tesis se fundamenta en la profecía de Jacob dada a su nieto Efraín (Génesis 48:19), un pasaje por lo demás difícil de no clara interpretación que se utiliza para afirmar lo que de ninguna manera es afirmable o sostenible. Ken Garrison, trata ampliamente el tema en su excelente trabajo "¿Efraín o David?" 1 publicado por el Instituto Tzemach.
Ante la retórica de si una persona creyente o no en el Di-s de Israel deba descubrir su memoria histórica o raíz hebrea, debemos replantear ciertas limitaciones. Sabemos muy bien que el Señor está alentando a muchos en esta búsqueda como instrumento de la verdad. Pero ser de descendencia judía no es lo más importante. Lo más importante es poseer un entendimiento completo de la historia y tierra de Israel, y fundamentalmente sobre el plan redentivo de Di-s para Su pueblo. Di-s hizo un pacto eterno con la nación de Israel a objeto de que sus miembros sirvieran de colaboradores y ayuda en la implementación de Su plan divino. De igual manera Di-s hizo un pacto con David y su descendiente o Pacto Davídico. Isaac y el hijo de David se convertirían así en una suerte de hermanos de la promesa, separados en su semilla por siglos de distancia. El uno es el origen, mientras el otro representa el destino de lo que ya se proclama como una inacabada realidad, la causa divina, ambos operando en estrecha y mutua cooperación. Un proceso que envuelve contenidos, retos y marcas imborrables para ambos grupos en el tiempo.
Vinculado a lo anterior no parece algo malo "per se" descubrir el origen hebreo, pero si alguien piensa que pertenece a alguna de las tribus de Israel, podría intuir que debe repatriarse a la Tierra de Israel y eventualmente emprender acciones para atribuirse derechos y legado carentes de legitimidad. A quienes piensan y hablan así es preciso decirles que nada resulta más descabellado. En el fondo, fuera del absurdo que comporta una tesis como la esgrimida, lo anterior desembocaría en una confrontación, una insurrección civil latente, un conflicto directo con el país soberano de Israel quien es responsable legítimamente de vigilar por los intereses propios de sus nacionales. Es Israel quien define y determina los derechos y deberes de todos sus ciudadanos.
Ante esta circunstancia, todo individuo debe comprender su relación con el pueblo escogido de Dios: la nación de Israel. Pero, especialmente en el caso de la iglesia, nuestra postura es la de ser embajadores del Mesías – instrumento de unción en medio de Israel - "servidor de la circuncisión… para confirmar las promesas dadas a los padres" (Romanos 15:8).
Los creyentes deben manifestarse cotidianamente en un sistema de actitudes y conductas propias de quienes dicen ser siervos y protagonistas del Reino de Di-s. Hacer lo contrario es convertirnos en piedra de tropiezo para Di-s.
1 ¿Efraín o David?