En la Biblia abundan los testimonios de las sanaciones de Dios hechas por Jesús, los apóstoles y otros. Sanaciones con las que grandemente Dios se glorifica. La mayoría de las sanaciones fueron muy simples: alguien se enfermaba y reconocía estar bajo ataque, luego clamaba al Señor creyendo que Dios le sanaría, para finalmente ser sanado por completo. Ejemplos constituyen los casos del leproso que llegó a Jesús diciéndole: "... Señor, si quieres, puedes limpiarme." (Mateo 8:2); una mujer con hemorragias por doce años que cree será sanada si logra tocar los tzits tzits de Jesús (Marcos 5:28); hombres ciegos que clamaron al Señor para curarse (Mateo 9:27-31) y las multitudes que "vinieron a El (Jesús)...trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos y los pusieron a sus pies y El los sanó" (Mateo 15:30).
Algunos ni siquiera pedían ser sanados; a veces eran los amigos o parientes interesados quienes solicitaban sanación a favor de alguien. El centurión romano que aborda a Jesús para interceder por su criado (Mateo 8:6); los hombres que cargan a su amigo lisiado para acercarlo a Jesús para que lo sane (Marcos 2:3); la mujer de origen gentil que demanda la curación de su hija (Mateo 15:22-28). Así mismo, vemos como un grupo conduce un hombre sordo hasta Jesús (Marcos 7:32-35) y en otro evento como también traen a un hombre ciego.
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No tenemos registro en la Escritura de alguien sanado después de negar estar enfermo.
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La anterior es una pequeña muestra de los muchos sanados por la mano de Jesús. Todas estas personas tenían algo en común y es el hecho que ninguna de ellas, o la persona por quien se encontraban intercediendo, negaron su condición de enfermos. No tenemos registro en la Escritura de alguien sanado después de negar estar enfermo.
La doctrina del creyente “rechazando” su enfermedad tiene principalmente su origen en los movimientos Carismático y la Palabra de Fe (“confesión positiva”), resaltando entre sus exponentes a Benny Hinn, Frederick K.C. Price, Kenneth Hagin, Oral Roberts y Kenneth Copeland además de otros. Ambos movimientos promueven que cualquier enfermedad del creyente fue, junto con sus pecados, removida en la cruz, o lo que es lo mismo, que la sanación del cuerpo físico vino y formó parte de la llamada expiación. Estos hombres enseñan que el motivo por el cual un creyente sufre alguna dolencia o mal se debe a la insuficiencia o falta de fe del creyente. El argumento que se utiliza sistemáticamente es que: “la Biblia afirma que la obra se consumó 2.000 años atrás. Dios no va a sanarle ahora -- El ya le sanó hace 2.000 años”. (Benny Hinn, Levántate y Se Sano, Orlando, FL, Celebration Publishers, 1991). En este sentido, podemos decir que aunque en el aspecto espiritual lo expresado anteriormente es cierto, en lo que respecta al aspecto material nuestra carne aun se sujeta a un mundo caído. Los lideres del movimiento de la Palabra de Fe enfrentan incluso esta realidad. Frederick K.C. Price pudo haber expresado como en efecto lo hizo que: “no permite la enfermedad en su propio hogar”, sin embargo, su esposa sufrió los embates del cáncer. El ministro Kenneth Hagin se jactaba afirmando que nunca había sufrido un dolor de cabeza, gripe o haber estado “un solo día enfermo” en casi 60 años. Sin embargo, el mismo Hagin sufrió cuatro crisis cardiovasculares; Paul Crouch pudo haber sanado a Oral Roberts de un dolor en el pecho durante uno de sus programas televisivos en TBN, pero esto no impidió a Roberts sufriera de un terrible ataque al corazón horas más tarde. Los maestros de la Palabra de Fe poseen una visión errada de la fe y es que creen en una fuerza metafísica, en lugar de poner su confianza en el Dios verdadero como objeto de fe. *
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Los maestros de la Palabra de Fe poseen una visión errada de la fe y es que creen en una fuerza metafísica, en lugar de poner su confianza en el Dios verdadero como objeto de fe.
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La Escritura no enseña que Jesús se sacrificó para sanación de nuestros cuerpos; lo que evidencia más bien es que El murió para sanar nuestra alma y limpiarnos de todo pecado (ver Romanos 4:7; Colosenses 1:13-14; 1 Pedro 2:24, 3:18; 1 Juan 2:2, 4:10). La expiación hecha por Jesús nos habla de lo espiritual, es decir, del alma y de la vida eterna. La carne no podrá jamás ser redimida (Pablo no hablaría entonces de crucificar continuamente la carne). Un concepto erróneamente difundido y entendido por el pueblo cristiano es que el Señor Jesús murió por nuestra carne y no por nuestra alma. Entendamos de una vez que la carne nunca mejorará y debe continuar su proceso de corrupción y descomposición. (De haber sido la carne redimida, entonces viviríamos eternamente con estos cuerpos carnales presentes). Vivimos en un mundo producto de la caída. Con nosotros coexisten y cohabitan enfermedades y terribles plagas; unas venidas como consecuencia de los juicios de Dios (ver Apocalipsis 16:2), otras producto de la espiral galopante del pecado. Jesús se convierte en cada uno de los sacrificios descritos en Levítico del 1 al 7. Usted descubrirá que ninguno de los sacrificios del libro de Levítico ampara, contempla o trata sobre la enfermedad. En toda la Torah, la expiación se hace exclusivamente por el pecado, nunca por dolencias, enfermedades o males físicos. Luego, la sanación viene por depositar nuestra fe exclusivamente en Dios y en Su poder restaurador. La expiación es por otro lado, la deuda –el precio que se paga– por las transgresiones cometidas contra Dios. Por ultimo, las enfermedades son consecuencia de nuestra condición de caídos y no constituyen en sí mismas transgresión contra Dios.
Aunque Jesús sirvió de expiación hay evidencia suficiente en la Escritura que refiere que podemos sufrir enfermedades, Santiago instó, "¿Está alguno entre vosotros enfermo? Que llame a los ancianos de la iglesia y que ellos oren por él, ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor;" (Santiago 5:14). Pablo identificó hombres de fe muy enfermos: "... a Trófimo lo dejé enfermo en Mileto." (2 Timoteo 4:20); "Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir;" (Filipenses 2:27); "Ya no bebas agua sola, sino usa un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades." (1 Timoteo 5:23). También, vemos una mujer que enferma y muere para luego ser sanada por intermedio de Pedro (Hechos 9:36-42).
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Así como la enfermedad es resultante de la caída del hombre, la sanación es consecuencia de la obra expiativa de Jesús. Es debido a la expiación que podemos acercarnos a Dios y, entonces Su presencia misma sana nuestros cuerpos físicos.
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Pero, así como la enfermedad es resultante de la caída del hombre, la sanación es consecuencia de la obra expiativa de Jesús. Es debido a la expiación que podemos acercarnos a Dios y, entonces Su presencia misma sana nuestros cuerpos físicos. La Escritura permanentemente enuncia al "Dios vivo", y Deuteronomio 5:26; Josué 3:10; 1 Samuel 17:26; Salmos 42:2; Isaías 37:4; Daniel 6:26; Mateo 26:63 y Hechos 14:15 son ejemplos evidentes de ello. Dios es el autor y consumador de la vida y Su presencia en nosotros proporciona bienestar y sanidad. Dios declara, "...y Yo sano…" (Deuteronomio 32:39) "...porque yo, el SEÑOR, soy tu sanador." (Éxodo 15:26).
Pero debemos creer que El nos sana. Al enterarnos que nuestros cuerpos están siendo atacados por alguna dolencia o enfermedad, no debemos negarla o no “aceptarla”, porque no es bíblico y además, ilógico. (Es notorio que muchos de los que “rechazan” estar enfermos, sin embargo no “rechazan” tener un brazo fracturado o una pierna rota). La realidad es que si estamos sufriendo de alguna enfermedad, negarla no cambiará los hechos. Es cómo respondemos a la enfermedad lo que es importante. No hay nada malo en afirmar que estamos siendo atacados por dolencias, pero se debe declarar igualmente que creemos y confiamos que Dios nos sanará. Explíqueme, ¿cómo negando su condición de enfermo puede usted ser curado? ¿Cómo podremos recibir sanidad de una enfermedad que decimos no tener? Dios no se glorifica cuando negamos nuestras enfermedades. Mas bien Dios se glorifica cuando declaramos, creemos y permitimos que El nos sane. Es la puerta que permite a Dios operar en nosotros. Hacer lo contrario es simplemente repudiar a Dios diciéndole: "No tengo nada malo, así que Dios no tienes nada que hacer en mí".
Dios afirma que es nuestro doctor (Éxodo 15:26). Uno de los dones del Espíritu Santo es ‘sanar’, no ‘rechazar o negar’. Pedro declaró que Jesús fue por todas partes "... sanando a todos los oprimidos por el diablo..." (Hechos 10:38). Debemos entonces creer solo en el poder de sanidad de Dios y dejar que El se glorifique en ello.
* Gary E. Gilley, Movimiento Palabra de Fe