Los centrados en esta interpretación y postura conciben la profecía de la unión de las dos varas de Efraín y Judá hablada por el profeta Ezequiel (37:15-23), como una realización del presente. Según el argumento, los Efraimitas se unen a los Judíos (Israelíes) en el objetivo de habitar y edificar la Tierra de Israel. Otras pocas referencias escriturales son usadas para apoyar esta idea.
Dios hace un siguiente pacto cuatrocientos años después del establecido con Israel Su pueblo en el Monte Sinaí. En esta oportunidad el pacto es con su siervo David, el rey (específicamente con el hijo de David). Al heredero de David Dios le promete un reino, un trono y una casa para siempre. La promesa se cumplió en el corto plazo en el rey Salomón y en menor extensión, en los descendientes directos del rey David que gobernaron la región de Judea por los siguientes 400 años. Pero el cumplimiento a largo plazo de la promesa es el retoño o renuevo (“Tzemach” en hebreo) del cual nos habló Jeremías (Jeremías 23:5-6) y muchos otros profetas. La interpretación que hacemos es que este renuevo o retoño especificado por los profetas hebreos es Jesús de Nazaret.
Las Escrituras Mesiánicas (Nuevo Testamento) vinculan claramente a Jesús con el pacto de Dios hecho con David. En efecto, uno de los títulos mesiánicos aplicados a Jesús es el de “hijo de David”. Así mismo, la Escritura Testamentaria relaciona al Mesías Jesús con un grupo selecto de personas, un cuerpo de creyentes iniciados espiritualmente, quienes ven en Jesús al Señor y Salvador y sus vidas entorno al Gran Rey. A este grupo se le conoce tradicionalmente como Iglesia, pero se debe hacer distinción entre esta Iglesia y aquel otro sector más amplio de personas que aunque argumentan ser cristianos, desconocen a Jesús como Señor o Salvador.
El mecanismo bíblico diseñado para que funcione esta selección de creyentes espiritualmente iniciados, es el llamado cuerpo local de creyentes o iglesia local. El Apóstol Pablo, a través de sus cartas -mecanismo de formación de las numerosas iglesias-, fue el encargado de mostrar la visión inicial de la iglesia dentro del Imperio Romano. Se entiende por las epístolas que los miembros integrantes del cuerpo local, individuos nacidos de nuevo, reciben la promesa del Espíritu Santo con el propósito de operar a cabalidad dentro de la Iglesia (1 Corintios 12:7) y que ese cuerpo, como entidad diferente, tiene la capacidad plena de manifestar a quien los lidera, es decir, a Jesús el Mesías. Visto de esta manera, el Mesías Jesús se expresa y revela por medio de la iglesia local de creyentes a objeto de ejecutar y expresar exactamente las mismas cosas que Jesús hiciera en Su ministerio terrenal hace 2.000 años. Se concluye entonces que, para ser instrumento idóneo y efectivo de los propósitos de Dios, el individuo debe integrar un cuerpo local de creyentes.
Otro punto que merece atención. Al Dios diferenciar claramente la primera iglesia del pueblo de Israel, se creó una separación entre el cuerpo del Mesías e Israel. En primer lugar, Dios derrama Su unción poderosa sobre la primera iglesia en Jerusalén. Aunque con frecuencia se asocia al grupo inicial de creyentes como judíos ortodoxos, en realidad éstos estaban separados distinguiéndose de Israel por causa de la unción presente en ellos. En segundo término, Dios integra al creyente de origen gentil a la primera Iglesia como miembro totalmente funcional sin exigir el cumplimiento del requisito de la circuncisión. Esta postura fue confirmada por los líderes de la Iglesia en la conferencia llevada a cabo en Jerusalén (ver Hechos 15) Debido a que la nueva membresía de creyentes incircuncisos fue vista como una violación expresa de la Torah, la Iglesia garantizó con ello su separación y distinción de Israel.
Siglo tras siglo, mediante argumentos y doctrinas no-bíblicas de toda clase, los líderes eclesiales han promovido continuamente la separación de la Iglesia. La mayoría de las decisiones se adoptaron con la sola intención de ampliar aun más la brecha de separación existente entre la Iglesia e Israel. Aunque no tomemos en cuenta las acciones antiescriturales de los llamados padres de la iglesia, podemos ver que Dios hizo una clara distinción entre la primera iglesia de Jerusalén y el pueblo de Israel. Es por ello que afirmamos que siempre ha sido responsabilidad de la Iglesia mantener su identidad común con Israel siendo su propósito fundamental ser elemento o componente de unción de Israel en el proceso redentivo.
Muy a pesar de la increíble confusión generada por el liderazgo de la Iglesia por casi 2.000 años, hoy el Nuevo Testamento continúa vigente como patrón modelo y autorizado del creyente verdadero. Pero observe que, desde la perspectiva de pacto o alianza, todo se conecta y relaciona con el Tzemach (Renuevo) de David, es decir con el Mesías Jesús, no teniendo absolutamente nada que ver con Efraín.
Resulta evidente que muchos de los que abrazan la doctrina Efraimita por alguna razón rechazan la iglesia local como su genuina expresión bíblica de fe. Quizás los Efraimitas han sido objeto de manipulación o maltrato emocional por parte de líderes inescrupulosos, corruptos y no-inspirados. Quizás los seguidores de esta doctrina estén involucrados en ministerios paralelos a la iglesia y conciban la congregación local de creyentes como una entidad competitiva. Quizás estos creyentes, especialmente en Norteamérica, atesoran un individualismo antibíblico, posición de fácil adherencia y adaptación a la visión Efraimita, rehuyen así las exigencias de formar parte de una iglesia local y sus correspondientes requerimientos de sometimiento y sacrificio personal. Quizás apliquen uno o todos los argumentos antes mencionados.
Inherente a la doctrina de Efraín, existen muchos peligros. Si se piensa que se pertenece a alguna de las tribus del Reino del Norte, es lógico pensar que eventualmente de deberá retornar a la Tierra de Israel a fin de reclamar y ocupar herencia y posición. Esto evolucionaría en un conflicto directo con Israel. En realidad lo que se obtendría sería otra forma de teología del reemplazo.
Los Efraimitas podrían simplemente solicitar su conversión al Judaísmo. El Judaísmo es una religión abierta que acepta y recibe conversos. Aunque un rabino luche por desalentarla, la conversión podría conseguirse gestionando diligente y persistentemente. Para hacerlo, obviamente se requiere la expresa negación de Jesús -Yeshúa, Yehoshúa o cualquier nombre que usemos- como el Mesías, Salvador y Señor.
Por último, lo más significativo es que la doctrina de Efraín logra desviar al creyente poseedor de un corazón verdadero por Israel de un efectivo y real ministerio espiritual con el pueblo judío, tan importante en los tiempos de redención actuales. Mientras la jerarquía secular del estado de Israel continúe fallando estrepitosamente en su intento de conducir al pueblo escogido a una fructífera posición de bendición dentro del propósito Divino, el poder, la gloria y el amor del Mesías Yeshua deberá manifestarse sólida y marcadamente en Israel por intermedio de Su cuerpo o iglesia local.